• ¿Por qué la política en realidad no es tan objetiva como debería y por qué es tan visceral?

    La política la solemos percibir como un tema de tanta complejidad, que muchos decidimos no participar activamente de ella. Es con el tiempo que nos damos cuenta que funciona a la par de la complejidad humana y termina siendo el reflejo de nuestro propio caos. 

    Pero más allá de eso, entendamos un poco más lo que hay detrás de la polarización que la caracteriza, de qué trata realmente la imposibilidad de tan siquiera poder dialogarla con cordura, mesura y sin anteponernos nosotros por encima de las diferentes ideologías y de sus argumentos. 

    Todos tenemos alguna historia en la que una conversación sobre un hecho controversial de actualidad fue el detonante de discusiones entre amigos, familiares, u hogares. Y creo que precisamente por el alcance y la dimensión que tiene el tema, merece ser abordado desde un plano mucho más elevado que el que normalmente habita. 

    ¿Por qué al escuchar una opinión políticamente contraria a la nuestra inmediatamente nos sentimos atacados y amenazados?, algo se mueve internamente de manera visceral, incómoda, en algunas ocasiones de manera insoportable, por lo que la reacción inmediata suele ser desmeritar, rechazar, minimizar y casi que dejar de escuchar al otro e incluso, atacar. Hay factores que dificultan aún más, como la forma tan poco pensada que tenemos de comunicarnos, lo cual hace que todo entre aún más “en reversa”. Pero además, creo que puedo señalar unos puntos adicionales que podrían servir a modo de invitación a la reflexión para que indaguemos si cabría la posibilidad de transitar distinto la tolerancia a las posturas ideológicas y políticas opuestas.

    La ideología como identidad: cuando pensar se vuelve un acto defensivo

    El ataque que sentimos al estar en frente de nuestra posición opuesta puede tener muchas explicaciones, como que en la práctica la política deja de ser “ideas” y se vuelve identidad. Para muchas personas, una postura política no es una opinión, es una extensión del yo

    Elaboramos y atamos nuestra identidad conforme a “x” ideología política, y en el momento en que alguien contradice todo ese espectro con el que nos hemos sobre identificado, básicamente se enciende un instinto por defender esa construcción de identidad que hemos considerado tan nuestra, más no la postura en sí. Y es por eso que solemos tener incapacidad para sostener esas conversaciones desde nuestro centro, respetando los puntos de vista diferentes. 

    Se convierte en una amenaza a lo que consideremos cierto, a nuestras más fuertes creencias. No practicamos el discernimiento sobre hasta qué punto llega la idea y en cómo esas ideas en realidad no nos definen como personas, sin lograr separar una cosa de la otra.

    También la afinidad por determinada postura política suele estar muy condicionada por nuestras experiencias personales, suele venir de nuestra historia, nuestros dolores, situaciones de injusticia, carencia, traumas, etc. Todas ellas con una alta carga emocional que necesitan un sentido que normalmente no lo encontramos dentro de nosotros mismos, buscamos qué de afuera puede explicar nuestra forma de estar en el mundo. Ello termina convirtiéndose en ideología, nuestro dolor se vuelve consigna, nuestra vivencia se vuelve la regla, y pensamos que si eso lo vivimos de esa forma, así funciona el mundo. Podemos llegar a conclusiones del tipo, “la gente es así”, “siempre pasa lo mismo”, “los que piensan distinto son…”, y nada de ello es pensamiento político, es biografía sin procesar. Lo que evitamos mirar en realidad es el propio duelo, nuestra propia responsabilidad, la complejidad del mundo, la diferencia entre mi historia y la realidad. Convertir la experiencia personal en verdad universal nos protege de sentir, pero empobrece la mirada. Y por eso podríamos decir que no defendemos necesariamente ideas, a veces defendemos heridas que aún no sabemos nombrar. 

    El enemigo como necesidad psicológica

    Es difícil además que la conversación pueda sostenerse desde la neutralidad emocional. Requiere más que una creencia u otra, un trabajo interno que muy pocas personas suelen estar dispuestas a hacer y por eso es muy común escuchar más la voz de los más extremistas, algunos desde el más profundo fanatismo, quienes al no estar en contacto con frecuencia con su mundo interno, encuentran en la política el combustible y el canal para externalizar insatisfacciones, frustraciones y dolores, intentando demostrar desde un desenfrenado ego quién tiene la razón y quién no, encarnando una necesidad de imponerse ante el otro.

    El fanatismo no permite habitar la política desde la cordura, el razonamiento, la empatía y la argumentación, porque lleva consigo una necesidad psicológica, necesita ubicar al enemigo, caricaturizarlo, entenderlos como contrincantes, de lo contrario, la ideología se cae o pierde peso. Todo esto refuerza la idea de que uno de los dos tiene que tener la razón y si es así, el otro por ende, se equivoca y merece burla, rechazo, humillación, etc. Básicamente entramos a deshumanizar a quien piensa diferente. Por eso la postura extremista está tan alejada de la objetividad y de la capacidad de tratarnos como semejantes. 

    Cabría la pregunta de si la postura política que hemos elegido busca más “sentirse del lado correcto” que en entender la realidad. A menudo sentimos que solo por pertenecer a determinada postura, de alguna manera somos moralmente superiores de quienes no lo son. Y lo exterioricemos o no, percibimos al opositor como ignorante o malintencionado. Formamos narrativas entorno a lo que significa pertenecer a determinado “bando” y todo lo que contradiga esa narrativa, nuestro inconsciente lo descarta, ni siquiera lo examina ni le abre cabida a la duda.

    Le tenemos miedo a la duda, no hemos normalizado cuestionar ideas ni creencias.

    Pareciera que cuando el argumento contrario nos lleva a cuestionar algo de nuestra propia narrativa, nos da tanta incomodidad sostener esa duda, que preferimos encontrar la certeza absoluta que la ordena, para así sentir una especie de alivio psicológico y no entrar en la fastidiosa labor de preguntarnos “¿y si… tal vez no sea como lo venía percibiendo”? es como si prefiriéramos una mentira coherente que descubrir una verdad ambigüa. Pero se podría flexibilizar si dejáramos de asociar la duda con debilidad y la pudiéramos observar como signo de madurez. 

    Paralelamente, pensar críticamente y sobre todo de manera individual exige energía, tiempo y humildad. Someter al escrutinio las creencias a las que vienes aferrado por tal vez años, puede agregar una carga mental que tal vez no estamos dispuestos a llevar a cabo con facilidad. Elegir el fanatismo de un lado u otro puede por así decirlo, ahorrarnos un poco la labor de descifrar qué decido yo en mi más completa autonomía e independencia sostener como filosofía personal. Terminamos delegándole el pensamiento al grupo sea cual sea el bando, repetir las consignas ya existentes termina dando más paz que analizar realidades.

    Además, hay un costo social por no alinearnos del todo con ninguna postura. Si no nos identificamos con un extremo u otro, nos sentimos como por fuera de la discusión, del entorno y eso incomoda. El pensamiento independiente es intrínsecamente incomodo por naturaleza. Es como si te excluyera de manera tácita, y tener un propio criterio supondría una valentía que no todo el mundo está dispuesto a sostener. 

    El acceso a la información no es consciencia

    Por otra parte, el acceso creciente a la información en la actualidad ha generado la percepción de saberlo todo. Pero no es así, en realidad, seguimos operando desde nuestra perspectiva tratando de encontrar en ese mundanal de contenido, lo que se alinea con nuestra narrativa interna, lo cual hace que veamos a menudo contenido altamente sesgado. Tener acceso a datos, noticias, redes no garantiza pensamiento crítico, en realidad no estamos digiriendo toda esa información con cautela, ni la sometemos a un proceso de evaluación personal y con criterio. Es más fácil adoptar partido por una postura u otra sin mucho qué refutar, construir, digerir, procesar, cuestionar o replantear. Nos genera más dopamina las opiniones rápidas a veces con pensamientos frágiles, que argumentos de alta densidad a elaborar individualmente. Además, el algoritmo de las redes funciona más como espejo de lo que estamos dispuestos a consumir, más no nos ofrece todas las caras de la información sin sesgo de manera que podamos capturar un horizonte más completo. 

    Podría ser por nuestra historia humana, propio desarrollo y evolución, que tendemos a buscar más pertenencia, que comprender, a defender y no a cuestionar, a repetir y no a elaborar. Pero creo que si hiciéramos lo contrario, no solo el universo político podría ser más habitable, podría extrapolarse a que las guerras, masacres, y grandes tragedias en la historia, serían amortiguadas en un alcance enorme si entendiéramos lo complejos que somos como seres humanos, y que en la medida en que mirásemos más hacia nosotros mismos y menos hacia afuera, encontraríamos el centro necesario para que volcar en los demás nuestra propia insatisfacción e incongruencia dejara de ser una necesidad que ni siquiera sabemos que nos controla.

  • Juzgar detiene tu crecimiento

    Una de las señales más claras de que estamos bloqueando nuestro crecimiento ocurre al revisar qué tan a menudo juzgamos a los demás. Y es porque lo que hay detrás de cada vez que juzgamos a los demás, es una certeza interna (falsa) de que creemos saber cómo debería actuar, comportarse, cómo deberían ser los demás. Y que sintamos esa seguridad de que creemos saber cómo funciona la vida, implica que cuando aparecen de frente nuevos saberes, conocimiento, ideas que no son compatibles con esas creencias a las que nos aferramos, no capturemos nuevos aprendizajes e ideas, y que estos sigan de largo y no expandimos nuestra sabiduría. Juzgar es mucho más allá que una opinión inocente, denota una postura mental cerrada. Así bloqueamos nuevas perspectivas que es lo que enriquece nuestra visión en general.

    El conocimiento está por todos lados, y cada uno de nosotros trae consigo diferentes aprendizajes, hay mucho valor detrás de cada historia, de cada ser humano, sin importar el nivel de riqueza, educación, nacionalidad, edad, etc. De cada persona hay muchísimas cosas que puedes aprender, sea de su manera de ver la vida, de su manera de afrontarla, de cómo cada uno aprecia diferentes aspectos, y si estuviéramos en apertura real, sin estar juzgando por una cosa o la otra, seríamos capaces de ver y admirar el valor dentro de cada historia. Pero tenemos una forma de analizar y clasificarlo casi todo de manera binaria; esto es malo o bueno, blanco o negro, bonito o feo. Eso no nos permite ver los matices, los grises, y ejercitar el discernimiento, ese que nos permite no descartarlo todo solo porque algún detalle no fue compatible con nosotros.

    Cuando podemos de verdad ver y discernir, podemos apreciar y rescatar muchísimo, permitiendo integrar lo nuevo y diferente en lo que vemos o vivimos. Incluso, creo que quienes más aferrados están a su propia perspectiva de vida, son quienes más necesitan rodearse de vez en cuando de personas completamente diferentes, porque ese contraste de perspectivas nos da mayor capacidad de dimensionar, de entender, eleva la empatía y nos ayuda a valorar otras cosas que damos por sentado.

    Anulando el poder de elegir distinto

    En el camino eventualmente nos topamos con que efectivamente no sabemos tanto como lo creíamos, con las crisis, las pérdidas, las enfermedades, problemas económicos, de trabajo, de relaciones. Y dependiendo de qué tan aferrados estemos a nuestro set de creencias, vamos a exteriorizar la culpa en mayor o menor medida, evitando reflexionar a profundidad sobre cómo nosotros podemos integrar nuevas formas de actuar en próximas oportunidades. Así usamos la confiable queja, esa que nos permite de manera rápida no hacernos cargo de nuestra participación en todo resultado de nuestra vida. Es la preferida por la mayoría porque es la más cómoda y fácil. Si elijo pensar que afuera está el problema, no tengo que mirar para adentro, no tengo que esforzarme en revisar qué puedo hacer distinto, qué necesito aprender, y por eso la queja es tan limitante, ella y el juicio hacia los demás, hacen una dupla perfecta para el bloqueo por completo de nuestro crecimiento. Es una de las posiciones de mayor desempoderamiento que podemos elegir. ¿Qué poder vamos a concluir que traemos con nosotros si creemos que el destino nos gobierna y que las circunstancias de la vida nos determinan y no nuestras decisiones?

    Ante una quiebra empresarial, lo más común es mirar qué factor externo lo causó; malos socios, la economía, podemos incluso culpar al presidente, a los trabajadores, etc. Al terminar una relación, lo más común es justificar que el otro no se comportó a la altura. Si enfermamos, buscamos de inmediato ese pariente con genética defectuosa a quién culpar. Si no estamos contentos en nuestro trabajo, tendemos a culpar a nuestro jefe, a la empresa, a lo que hacemos, cómo si no pudiéramos elegir distinto y movernos de ahí. Conductas altamente desempoderadas, donde creemos que nosotros no tenemos el poder de decidir de otra forma, y que aprender a hacerlo mejor está muy lejos de nuestro alcance.

    «Vivir correctamente» no equivale a «vivir conscientemente»

    A lo anterior, le sumo que caemos constantemente en la trampa de que al cumplir con lo que «se espera», nos hace creer y tener la sensación de que estamos haciéndolo todo bien solo porque tenemos unos cuantos temas ya chuleados. Lo que es casarnos, tener un carro, un trabajo estable, incluso tener hijos. Pareciera que cuando conseguimos uno tras otro, vamos creyendo que estamos lográndola de maravilla, incluso nos sentimos con la potestad de decirle a los demás qué deben hacer o no para seguir nuestro camino, cómo si todos quisiéramos o anheláramos lo mismo por norma.

    A menudo perseguir este estándar para no desentonar, nos va llevando a una vida plana, esa donde por largo tiempo no presenta crisis evidente, que nos da la sensación de que tenemos todo bajo control, que sabemos cómo manejar la vida. Sentimos como una especie de validación de que la forma en la que afrontamos la vida es la correcta y sentimos certeza, incluso a veces superioridad respecto a quién no sigue ese camino.

    Pero todo eso en realidad solo es una perspectiva, que tengamos un hogar, un trabajo estable, bienes materiales, no significa en realidad que todos se sientan igual de realizados. Es genial cuando lo hacemos desde una alineación fuerte con nosotros mismos, cuando la elección de esa pareja de vida es genuina y nos llena el alma amancer cada día junto a esa persona, o cuando amancemos motivados día tras día por comenzar a trabajar porque amamos lo que hacemos. Pero esto no necesariamente está sucediendo al interior de la mayoría de los hogares, porque nos sentimos tan presionados a alcanzar un objetivo tras otro, solo por demostrar que lo hicimos, que no nos termina importando el cómo vamos construyéndolo.

    Errar no es el problema, la verguenza aprendida sí

    Junto a ello, se cree con normalidad que errar está mal. Desde pequeñitos cada que nos equivocábamos, nuestros padres, hermanos, amigos, prácticamente todos saltaban de inmediato a regañarnos, a hacernos sentir absurdos, ridículos. Sentíamos vergüenza al cometer un error, porque parecía que decepcionábamos. Nadie jamás nos celebró un error, y por eso vamos creciendo con la idea de que no podemos ni admitir que nos equivocamos porque eso nos haría volver a esa vergüenza interna que tanto queremos evitar.

    Pero, te propongo un pequeño cambio de paradigma; ¿qué pasaría si de aquí en adelante hicieras ese cambio de switch donde cada que cometieras un error, celebraras el nuevo aprendizaje que viene con él, y pensaras en cómo ese nuevo aprendizaje te va a servir para mejorar lo que sea en tu vida? Así podríamos acercarnos mas a la apertura mental, esa que te permite integrar lo nuevo, que siempre estuvo ahí pero que antes pasaba de largo por el autojuicio impuesto que llegaba cada que nos equivocábamos.

    Que erremos esté mal visto, es una costumbre muy sostenida, muy fuerte y al mismo tiempo muy inútil, pero en realidad, estamos cargados de creencias similares que sostenemos una generación tras otra sin cuestionarlas en lo más mínimo. 

    Te has puesto a pensar que de vivir de acuerdo a creencias verdaderamente elegidas, más cuestionadas y menos en automático, no tendríamos tantos problemas como sociedad? Si las que hoy en día tenemos en realidad nos elevaran como humanidad, seríamos una sociedad evolucionadísima, sana, con empoderamiento, con hábitos saludables, no nos atraería tanto el chisme, la mala vida, la vida ajena, cada quien estaría enfocado y con fuerza de luchar sin rendirse, seríamos una sociedad de valientes y no de víctimas.

    Pero, ¿por qué seguimos creyendo que las creencias que tenemos funcionan? Porque sí funcionan, pero para una vida muy por debajo de nuestro potencial, ese que te sirve para mantener tu hogar, respirar todos los días, y pegarte uno que otro viaje al año o algunas buenas experiencias.

    Nos incomoda ver más allá de lo establecido y penalizamos a quien elige desde la consciencia

    Vemos todo tan distorsionado, que a las personas curiosas, apasionadas por el aprendizaje, se les tacha de “exagerados”, como si querer ver y saber más fuera innecesario. Y así mismo, a quién elige hábitos saludables, es todo un shock, no se concibe en primera instancia, porque evidencia de frente que lo común y lo regular, no es tener la valentía de elegir distinto y mejor. Es como poner un espejo delante que refleja cómo la mayoría elige comodidad sobre bienestar sin que eso sea lo verdaderamente cuestionado.

    Paradójicamente, sí nos apasionan esas conversaciones donde hablamos una y otra vez de cómo alguien se enfermó de gravedad, murió, se accidentó por conducir ebrio, o alguien tiene alguna calamidad trágica. Pero, ¿por qué no estamos hablando de cómo salir de ahí, de cómo nada de eso estaría ocurriendo si cada uno viviera la vida con elecciones más conscientes, pensadas, alineadas a quienes somos y sabiendo que somos los único responsables de todo lo que nos ocurre? Vidas se estarían salvando si nuestra mentalidad fuera diferente, menos familias se derrumbarían, más parejas realmente felices habrían, menos hijos heridos, tendríamos más salud sin esfuerzo, más realización en el trabajo que escogemos.

    Por eso elevar nuestra consciencia no es un tema cliché de superación o crecimiento personal. Funciona y es útil cuando se tiene la real apertura a la sabiduría ya existente para luego poder encarnarla y saberla aterrizar con autenticidad de tal forma que eleve tu vida sin (curiosamente) tanto esfuerzo. Se da naturalmente cuando te alineas contigo mismo y te deshaces de las costumbres heredadas que en la práctica no nos suman, nos anulan internamente, si no se eligen desde lo que eres y quieres de verdad.

    Las crisis no son castigos, son oportunidades de actualización interna

    Los momentos donde se nos regala ese destello de apertura suelen suceder tras una crisis muy fuerte donde tocamos fondo. Es en ese momento donde se nos abre una grieta y nos cabe la pregunta: ¿y si tal vez hay algo más por saber? Un grave problema en tu vida te lleva a la reflexión de que si eso está ocurriendo es porque tal vez haberlo hecho distinto, te hubiera podido evitar ese desenlace. Pero eso en realidad es un regalo porque es la oportunidad de romper tus creencias antiguas, esas que de alguna manera te sirvieron hasta donde has llegado, pero que si quisieras un resultado diferente, tal vez convendría actualizarlas por otras.

    Esa crisis está lejos de “estar mal”, son algo maravilloso donde la vida nos dice, mira lo que tienes que mirar, porque si no integramos el aprendizaje detrás de esa experiencia, volvemos a repetirlo, así sea en otro contexto o circunstancia.

    La diferencia en por qué hay personas que se tropiezan menos que otros radica en que hay quienes rechazan tanto esas “malas” experiencias, que no se reflexiona nada en absoluto tras cada una, en automático se externaliza la culpa, mientras que otros las usan como un dato importante para saber cómo en el futuro abordar diferente determinada situación recibiendo desde el amor esa experiencia y sin autocastigarnos. Esta práctica sostenida en el tiempo, hace que errar sea un insumo valiosísimo para estar creciendo en cada área de tu vida y por eso a esas personas las tildamos de que tienen mucha suerte. No es suerte, es un entendimiento claro de lo normal que es errar junto a una perspectiva mucho más útil que el juicio.

  • Sin miedo al miedo

    A diario alimentamos algo que negamos hacer, pero es tan normal que no nos asusta. Nos asusta es llamarlo por el nombre, verlo, entenderlo y aceptarlo. Es el miedo y veo tanto cómo nos paraliza, nos impide avanzar, crecer, expandirnos, que me niego a no hablarlo.

    Gracias a mis múltiples tropiezos, pero también a mis múltiples reconstrucciones, he adquirido la certeza de que puedo sobreponerme a lo que sea. Es decir, que sin las tan temidas caídas, yo no sabría hoy de lo que soy capaz. Eso me ha facilitado probarme, retarme, ver cómo reacciono a cada escenario fallido o infortunado, sea en relaciones, contextos familiares, laborales, de la vida en general y creo que es gracias a cada uno de esos momentos de crisis que he podido vencer varios miedos. Después de cada uno, he enfrentado un miedo temido del pasado que ahora ya se transitó y se comprobó que sigo de pie y en realidad, mucho más de pie.

    Nos cerramos constantemente a oportunidades de todo tipo; laborales, con personas, proyectos, por el miedo a qué iremos a encontrar, la incertidumbre nos vence. Preferimos lo conocido, incluso preferimos sufrir dentro de lo que conocemos, que intentar posibilidades que nos expandan, porque significan riesgo. El problema es que ese riesgo en realidad rara vez es tan alto como lo imaginamos, y así se van oportunidades que podrían habernos retado y expandirnos como nunca lo imaginamos. ¿Por qué? porque ¿qué tal si sale mal? ¿Qué tal si “me equivoco”?. El miedo a encontrarnos con desenlaces fatídicos es tan alto que no intentamos, no exploramos, y así, no perdemos una oportunidad, sino muchas. Incluso es tanto el bucle y tan natural, que ese miedo lo trasladamos a las demás áreas de nuestra vida sin darnos cuenta. Empieza a ser normal elegir no visitar nuevos lugares, conocer personas, hacer actividades, a no decir lo que en realidad pensamos, a no ser lo que en realidad somos, empezar siendo nuevos en el gimnasio o algún deporte, porque como somos principiantes, qué miedo a equivocarnos, y luego, al juicio de los demás, qué miedo a que los demás me vean equivocarme, o a que me vean aprendiendo. Aquí escrito, suena absurdo, pero elegimos esas opciones todo el tiempo. 

    Empezamos a asociar la incomodidad de lo no conocido con amenaza, y ahí es donde se detiene todo tipo de expansión. Lo paradójico es que luego nos hacemos las preguntas, de por qué no estamos donde queremos o no tenemos lo que queremos. 

    La incomodidad hay que aprender a clasificarla para que no nos juegue en contra. La que te quita energía, la que te está diciendo en dónde no debes estar ni con quién estar, porque te drena, te lastima, te bajonea, esa tienes que escucharla. Pero la incomodidad que se genera ante lo nuevo, y que incluso se conecta con una esperanza, ilusión, disfrute, esa es la incomodidad que podés aprender a manejarla como si fuera un deporte de alto rendimiento. Solo que no es físico, es mental. 

    Lo retador al inicio es que tenemos que derribar la creencia en la cual cuando nos enfrentamos a algo desconocido, nos va a doler, porque así empezamos a cubrirnos con un escudo imaginario, a encerrarnos en nuestra propia burbuja. Es justo ahí donde sirve parar y observar ese miedo, analizar la situación y examinar si realmente ese desenlace fatal que nos estamos imaginando amerita quedarnos en las zonas donde nada crece, nada se aprende, nada se conoce, nada se vive, nada se disfruta. 

    Después de que compruebes que ese riesgo en realidad no es tan alto como parecía, observa el miedo que sientes de frente, ponle forma, tamaño, color, si quieres nombre, y quédate mirándolo fijamente, siente cómo se empieza a hacer cada vez más pequeño al tiempo que te vuelves más grande, mientras sigues observándolo con firmeza, entendiéndolo, casi que teniéndole compasión, de forma que al final lo veas diminuto, ridículo, absurdo, porque estás decidiendo verlo y poco a poco dejas de tenerle miedo al miedo, te enfrentas a él, dile: “así que ahí estás”, sácalo de la penumbra, exhíbelo. A medida que lo reconoces, va perdiendo poder y fuerza y en determinado momento, se esfuma. Para poder ganar la guerra, tienes que conocer a tu enemigo y verlo de frente es indispensable. 

    También es clave no juzgarnos. No va a funcionar si seguimos arrastrando las ideas sin fundamento en las cuales creemos que quien se equivoca, está mal, que tiene sentido burlarnos de los tropiezos, que básicamente debíamos nacer aprendidos. En realidad, quien se tropieza está un poco más cerca del siguiente escalón, porque aprendió por cuál camino puede funcionar mejor. Quien cree que no se puede equivocar, no intentará, no explorará, y de esa manera, el crecimiento no llegará. 

    ¿Te equivocaste? ¿algo dolió? ¿qué crees que es lo que te da el combustible para enfrentar nuevos retos constantemente sino es la fuerza de quien ha superado una y otra vez cada obstáculo? ¿la comodidad? nada grande nace de ahí. 

    Creo que uno puede decidir si cada dolor, herida o sufrimiento la convierte en el ataúd de los sueños y aspiraciones o si los transforma en un brillante recordatorio de que siempre tendrás las herramientas para sortear cada reto. Y en esencia, es entender que tras cada caída, error, o tropiezo, podemos extraer de él la sabiduría sin la cual no sabríamos subir al siguiente nivel. 

  • Sanando la perspectiva de la masculinidad

    Es fuerte ser consciente hoy de tantas creencias que sostenemos. En particular entorno al rol del hombre. La mayoría de ellas no son algo que hayamos decidido como tal, son más una herencia, y en realidad, no son nuestras familias particulares; podríamos tomar una al azar cualquiera, casi en cualquier parte del mundo y encontraríamos algo muy similar.

    Se encuentra con frecuencia la creencia de que los hombres son desleales, infieles, traicioneros, violentos, y varias cosas más. Pero son solo percepciones generadas por lo que tal vez conocimos de cerca, sin embargo creo es vivir muy sesgados y cerrar las posibilidades de todo lo que puede existir. Solo porque sea lo más abundante no significa que no se pueda ir migrando a una sociedad más sana. Pero primero, debemos darle cabida a esas posibilidades, para poder construirlas. 

    Como la vulnerabilidad es mal vista en este género, casi que no se les permite flaquear, tienen siempre que ser los héroes con todas las respuestas, se crean barreras que impiden que se detenga la autoexigencia y dejen de vivir a la defensiva, en modo ataque, teniendo que explicarse todo el tiempo, demostrando que sí son x o y, para que el mundo los valide como hombres. ¿Qué carajos?

    Creo que es entrar en una pérdida del sentido de la humanidad. Tachar también a todos los hombres como si por unos casos caóticos, el resto fueran lo mismo, me parece deshumanizar. Tampoco comprendo por qué nos creemos con el derecho para juzgar a cada persona que se nos atraviesa en la vida por cada error cometido, es cómo si creyéramos todo el tiempo que debíamos nacer aprendidos y con el manual de la vida bajo el brazo.

    Contrario al impulso regular después de que se atraviesan experiencias fuertes, mis juicios han ido desapareciendo cada vez más, no los etiqueto más. Sé que en lo profundo de cada expresión de violencia, de maltrato o de deslealtad, habita la desconexión consigo mismo, sumado a una cantidad de presión por lo que deberían ser, un juicio tremendo hacia sí mismos y la negación de que un mundo donde pueden vivir sin presiones es posible.

    Si pudiéramos balancearnos más entre géneros, creando espacio y libertad para ambos, desaparecería esa necesidad de sostener roles que no son nuestros. El hombre al permitirse ser más vulnerable, y la mujer menos víctima, apoderándose más de sí, crearía menos presión en el hombre. A nosotras en realidad ningún hombre tiene por qué rescatarnos como nos mostraron de niñas, podemos entender que no estamos para salvar al otro. Pero sí para comprendernos mutuamente, permitirnos ser más humanos y expandirnos desde el amor.

    Reconozco a los hombres más que nunca y no por su coraza de macho, por poseer bienes o lo que hayan conseguido, sino por el hecho de que luchan como pueden por vivir en medio de tanto condicionamiento, juicios, pretensiones, donde no se les permite ser, y contrario a lo que algunos piensan aún, me parece un acto de valentía enorme que muestren vulnerabilidad en una actualidad tan ruda y castrante.

    No necesitamos cambiar el mundo con nuestra existencia, pero sí podemos cada uno poner un ladrillo en la dirección correcta, tal vez nosotros no logremos vivir en esa sociedad utópica y balanceada, es verdad, pero con cada generación, el cambio se va produciendo, no necesita ser ruidoso, ni de impacto inmediato, pero cada uno podemos al final representar lo que puede llegar a ser la transformación de muchísimas formas de vivir y pensar para nuestra descendencia.

  • ¿Podemos evitarnos la crisis de la mediana edad?

    Sí, y mucho más que evitarla, podemos tranformarla en una alta e inimaginable plenitud.

    Me di cuenta atravesando mi propio proceso, sin darme cuenta, solo escuchando lo que en mí nacía decir, ser, hacer.  Era una voz muy fuerte que me decía: “no intentes ser lo que no eres, no intentes encajar en los moldes que no están hechos para ti”. Poco a poco he ido escuchando esa voz, dándole espacio, y ha sido justo lo que me ha llevado a transformar por completo mi vida, mi visión de casi todo y lo más hermoso, es que ha sido siendo más yo.

    Lo complejo es que a medida que crecemos vamos fortaleciendo la idea de que es al revés; encajando, “haciendo lo que debemos hacer”, siguiendo algún tipo de renglón, fórmula, disfrazando cada vez más lo que somos, y pensamos que eso es lo que nos va a hacer crecer, pero al final nos lleva a que puede que consigamos ese anhelado dinero, pero la sensación de vacío va a ser ineludible, porque no es cómo logramos las metas, es desde qué lugar las estamos consiguiendo. La mayoría vivimos en el piloto de hagamos por hacer, por demostrar, por conseguir. Pero eso no le llena verdaderamente al alma, a tu ser.

    Normalmente lo que ocurre es que en nuestra vida conocemos alguna persona con algo de éxito (que encaje en lo que para nosotros es éxito) y creemos que debemos ser más como esa persona, los volvemos referentes. Pero eso solo es una perspectiva nuestra a la que decidimos aferrarnos; amasar dinero, alcanzar la fama, tener una pareja o hijos, puede que no sea necesariamente lo que a ti te haría feliz. Lo que el éxito y la felicidad significan para cada uno es demasiado subjetivo para que lo intentemos meter en un estándar o molde en el que todos debemos caber.

    Solo quienes se atreven a crecer desde lo que los apasiona, lo que hace vibrar su corazón, pueden sentir la plenitud acompañada de esa abundancia material. De lo contrario, no va a suceder y ahí es cuando llega la famosa crisis de la mediana edad; adultos casados, con familia, con buen trabajo, casa, carro, títulos y con una sensación de “no me siento pleno”.

    Porque no son las metas logradas las que nos llenan el espíritu, y por eso cada vez más actores exitosos como Jim Carrey, Matthew Perry, Will Smith y en Colombia Juan Pablo Raba y Andrés Parra comparten lo que sintieron al alcanzar el éxito y el reconocimiento en sus carreras, y luego llegó un tremendo vacío y cuestionamientos sobre por qué eso no bastaba para sentirse plenos. Incluso teniendo todo su hogar en orden con esposa, hijos, y todo aparentemente bien chuleado. La felicidad de ese reconocimiento es fugaz, y da la percepción de que con eso ya se resolvió esa búsqueda de vida, pero no es así. Una vez pasa la euforia del momento, la vida se resume en con quién compartes tu vida, de qué manera la vives, cómo está tu cuerpo, cómo está tu mente, lo que haces en el día a día, ¿te llena el alma? Porque salir al estrellato, conseguir fama u obtener bienes materiales, solo te dará unos cuantos momentos eufóricos, y luego llegará el vacío, preguntas como ¿por qué eso no bastó?

    Nadie nos enseña esa vía para sentir esa verdadera plenitud. Por eso no importa si tienes millones en la cuenta, carro, títulos, unas cuantas relaciones que frecuentes, o una familia. Si todo eso lo has construido desde un lugar diferente a lo que tú eres, esa sensación de paz no va a llegar.

    Cada día elige desde lo que tú eres, lo que te apasiona de verdad, elige personas que reconozcan tu valor, construye vínculos desde la verdadera conexión, no por demostrar, no por chulear checklist sociales. Si vas a invertir dinero en casas o coches, hazte las preguntas “¿desde qué lugar lo estoy haciendo?”, si es para cumplirle a los demás, no lo hagas. Decide solo en la vía de lo que te haría expandir más lo que ya eres, así vas a ver como eliminas bloqueos para crecer tanto en lo material como en todas las áreas.

  • Las conexiones de pareja auténticas son las que forman bases sólidas para un hogar

    Son muchísimos años, siglos en realidad, los que llevamos cargando con la creencia de que la pareja es nuestra línea de meta en la vida. Y es ciertamente entendible, porque es la base tradicional para formar un hogar, una familia, y construir una vida en compañía. Pero creo que se ha instaurado tanto esa necesidad en nuestra mente, que son muy pocos los que se cuestionan qué tan bien quieren construir esa base.

    Todo el tiempo vemos cómo las personas queremos conseguir esa pareja a como dé lugar, queremos sentir que chuleamos esa meta para poder enfocarnos en el resto. Y eso es justo lo que marca la diferencia. Cuando buscamos una pareja contra viento y marea, por lo regular sucede que conectamos rápidamente con alguien en la misma sintonía, lo cual no permite conectar desde nuestra esencia y nuestro más auténtico ser, sino sólo a nivel vibracional. Con el tiempo, es de esperar que, al no conectar desde nuestra esencia, esa relación no funcione, y termine creando un sin fin de heridas y sufrimiento. Y, si no se crean momentos de reflexión y de autoreparación, de repente estamos conectando nuevamente con personas en el mismo estado de necesidad que nosotros y el ciclo se repite una y otra vez. Preguntándonos qué ocurre, por qué no logramos encontrar una pareja que “nos haga” sentir plenos y satisfechos. 

    Es completamente natural que no caigamos en cuenta temprano de este tipo de conductas, porque todo a nuestro alrededor nos dice que así debe ser, que conseguir pareja es incuestionable y que hay que conseguirla lo más pronto posible. Sin embargo, solo hasta que experiencias dolorosas hayan sido lo suficientemente fuertes, algo dentro de nosotros se sacudirá y nos llevará a replantear qué nos ha hecho conectar con quienes hemos conectado. De repente, entenderemos que nunca fue casualidad, simplemente hemos estado atrayendo desde la energía de necesidad, no de auténtica conexión. 

    Si miramos en retrospectiva, esa es justo la razón de que muchos hogares se desmoronen. Al no existir esa conexión auténtica entre la pareja, las bases no son lo suficientemente sólidas para formar un hogar. El deseo de construir familia puede bastar por un tiempo, pero eventualmente, el alma grita, se manifiesta y nos comunica de manera clara, que no estamos plenos en ese lugar.

    Escuchaba hace poco cómo estar soltero en tus treinta es tan lleno de ventajas, porque has tenido más tiempo para pasar por un proceso personal y de autodescubrimiento que las personas que se casaron y tuvieron hijos jóvenes no han tenido el chance de atravesar. Hay un efecto común en las personas que se casan tempranamente y es que al no vivir duelos intensos y desencuentros que los descoloquen reflexivamente, se tiene la sensación de que no hay nada qué cuestionar, nada qué replantear. ¿Qué nos haría pensar que debemos profundizar en nosotros mismos si ya nos casamos y lo logramos? A nivel del viaje personal y evolutivo es una gran ventaja formar vínculos de pareja en etapas más maduras, si nos tomamos el trabajo de auto conocernos de manera profunda en el camino.

    Esto puede hacer que en determinado momento de la vida puedas conectar de manera genuina con una pareja, y realmente puedas tener una base sólida para ese futuro hogar.

    Todo lo que no se construye desde adentro, termina siendo solo fachada, y esta te darás cuenta de que no se sostiene en el tiempo, o por lo menos no sin dejar importantes secuelas en el bienestar de una familia.

  • El cuerpo sano como resultado de la fortaleza mental

    Estamos absolutamente bombardeados por la publicidad, los influencers, la televisión y las redes para tener un cuerpo escultural. Todos quisiéramos tener nuestro cuerpo armonioso, sano, balanceado y esbelto. Sin embargo, creo que a las fórmulas y estrategias propuestas en su gran mayoría les hace falta el componente más importante. Un cuerpo sano y armonioso no se logra con una serie de tips y tácticas superficiales y simplistas, tampoco con dietas estrictas y pastillas milagrosas. El factor más potente está revisando la conexión crucial y determinante entre ese cuerpo deseado como resultado y reflejo de un trabajo interno profundo. 

    Las personas suelen creer que mantenerse en forma viene de esfuerzos enormes, importantes sacrificios y una forma de comer muy restrictiva, cuando en realidad es perfectamente sostenible y disfrutable cuando se tienen hábitos coherentes.

    La mentalidad lo determina todo

    Al igual que en prácticamente todas las áreas de la vida, la diferencia de lo que logramos o no radica en la mentalidad que se sostiene. Es nuestro centro de mando para todo lo que materializamos y por supuesto el cuerpo no es la excepción. Tú decides de qué te alimentas, qué haces con él, cómo decides tratarte, cuidarte. La dificultad es que elegir las opciones que más nos cuidan normalmente no son las más populares ni las más fáciles. Decidir hacer ejercicio regularmente, seleccionar los alimentos desde la consciencia, aprender a cocinar y proponernos a actuar con determinación y disciplina suelen ser opciones que solo personas con fortaleza mental elevada encarnan con soltura.

    Es por eso que una vida sana se vuelve automática y sin esfuerzo para quien tiene su mente clara y en orden. Las fórmulas rápidas no son sostenibles en el tiempo, las cirugías estéticas, medidas cortoplacistas u otras con fármacos que incluso ponen en riesgo tu vida, no están abordando el problema de raíz. Si tus hábitos no tienen cambios de por medio, determinados por los cambios en tu mentalidad, tu cuerpo volverá a reflejar su estado anterior y a veces incluso, se puede empeorar solo porque simplemente te rindes en el camino y ya te has fallado a ti mismo tantas veces, que tu autoconfianza se destruye y ya no te crees capaz de tomar decisiones diferentes.

    El comienzo no es claro, pero tampoco necesitas que lo sea

    Una vez que quieres comenzar a cuidarte más y te has propuesto el objetivo de manera clara, es muy posible que no sepas por dónde empezar, que no tengamos el conocimiento más completo de nutrición, entrenamiento físico o mental. Pero, solo el hecho de tener la determinación de cuidarte ya es el primer paso y el más importante para empezar a acercarte y explorar las fuentes de conocimiento que te permitan avanzar. Puedes comenzar leyendo libros sobre nutrición; bienestar, crecimiento personal, a la par de seguir en redes a expertos que expliquen técnicas para hacer ejercicio correctamente, cómo balancear los entrenamientos y que te motiven y te inspiren. Míralo como una siembra de cada día, que poco a poco se convierten en meses y cuando menos te das cuenta, el ejercicio y la nutrición saludable ya está instalado cómodamente en tu vida.

    Cuando logras verlo desde el disfrute y a sentirte a gusto con la idea de que es un proceso de largo plazo, es muy común que se desarrolle un gusto muy genuino por no dejar de hacer ejercicio. Comer comida rápida seguido empieza también a sentirse incoherente con el autocuidado y se empieza a rechazar esas opciones más que antes sin tanto esfuerzo de por medio. Sin proponerse dietas estrictas ni rutinas descabelladas, el estilo de vida deseado, cuerpo y salud se va construyendo, pero no desde el autocastigo, la autoexigencia o la presión excesiva, sino desde el auténtico amor por sí mismo que buscas alinear de todas las formas, y por supuesto el cuerpo es simplemente un reflejo más de ello.

    En mi caso, noté como ser coherente con lo que piensas se materializa rápidamente en tus propios antojos y tus elecciones del día a día, empiezan a ser muy claras y sanas. Mi cuerpo empezó a comunicarme su nuevo estado, me mostraba una y otra vez ser intolerante al azúcar, al exceso de fritos, de comida ultra procesada, de harinas. Me pedía comida balanceada y de buena calidad. Negar una gaseosa o alcohol en un evento o restaurante se volvió algo completamente natural y deseado, inmediatamente leía mi cuerpo cuando no lo escuchaba y veía cómo se inflamaba; los dolores de cabeza y propios del desbalance hormonal llegaban rápidamente, justo como lo describe la literatura sobre nutrición que detalla cómo al producir en exceso insulina todo tu sistema hormonal se descompensa y por ende se manifiesta en múltiples síntomas metabólicos. Tener a la mano ese conocimiento de medicina funcional como lo es el libro del doctor Carlos Jaramillo en «El milagro metabólico», me ayudó muchísimo a que pudiera entender el funcionamiento interno del cuerpo, y por qué me la pasaba toda una vida atentando contra él sin haberme percatado en lo más mínimo de ello. Otro libro que me inspiró al inicio fue «Belleza Natural» de Catalina Aristizábal, ella te contagia de manera tan amorosa de un estilo de vida enfocado en el bienestar, que me parece que son el tipo de influencias que realmente aportan valor a tu vida, formas de vivir que en un inicio no tenías en tu radar y que terminan cambiando por completo tu vida.

    Los propios hallazgos en el día a día van confirmando además todo ese conocimiento que uno va adquiriendo, y me dio la certeza de que todo partía de la comprensión del funcionamiento de nuestro cuerpo y mente para poder que se tomen las decisiones desde la conciencia, desde la certeza de lo que es mejor, sin remordimientos.

    Lo que en un principio no sabía cómo abordarlo, hoy puedo entender que solo con comenzar tomando la firme decisión de un verdadero bienestar, los escalones se van desbloqueando por mera atracción energética, cada que se avanza un paso, se va iluminando el siguiente. Se va llegando a esos libros, a ese contenido que necesitas, a esas personas, lugares, y así se va formando tu kit de herramientas que te permite avanzar en lo que realmente conforma un cuerpo sano. Sin todas esas herramientas que decidí empezar a entender y conocer, yo hoy no tendría la mentalidad y conocimiento para que mis hábitos fueran sostenibles, ni el entendimiento de lo que hay detrás de cada “tip saludable”, comprendiendo el funcionamiento de nuestro cuerpo, nuestra anatomía, la conexión ineludible de nuestra fortaleza mental con nuestro reflejo físico.

    Por eso es importante el aprendizaje a la par de desarrollo personal, porque no hay manera de que una persona gobernada por sus miedos, limitaciones y falta de autoconfianza, pueda sostener en el tiempo dietas y rutinas estructuradas para lograr un estilo de vida desde el bienestar. La forma más efectiva para que ese estilo de vida sea sostenible es cuando tienes la claridad interna, mental y emocional de lo que eres, mereces y te sientes verdaderamente capaz.